
I.R.A
soBerBia
guuuuuula
.... envidia ¬¬
AVARICIA .
pereZzZa
lujuria :P
atrévete a soñar
¿Recuerdas cuando eras pequeña y dedicabas tardes y tardes a hacer pompas? Jugabas una y otra vez. Sonreías cuando tu burbuja alcanzaba el infinito. Te sentías ganadora, una auténtica triunfadora. ¿Lo recuerdas...?
La vida en una pompa debe ser maravillosa. Vives en tu propia atmósfera, sin malos humos, ni malas compañías. La soledad no siempre es buena, pero a veces sí apetecible. Tendrías tu espacio, ese que tanto añoras de vez en cuando. También tendrías agobios, demasiados. No debe ser fácil vivir en un espacio tan minúsculo…Y muchas veces echarías de menos el relacionarte con los demás.
¿Sabes que sería lo mejor? Los problemas, las dudas o incertidumbres no te acecharían... rebotarían. Se alejarían por donde han venido. Así de fácil y simple. Me gustaría poder vivir en una de esas pompas, esas que creaba cuando era pequeñita. Me encantaría poder sentir que puedo tocar el infinito; saber que voy a estar protegida siempre, eternamente.
Cuando me veas a lo lejos... no intentes acercarte con tu dedo índice acusador. No rompas mi pompa. Déjame seguir disfrutando de este sueño efímero.
Marta disfrutaba contando historias a su sobrina, su gran imaginación le permitía estar toda la tarde narrando cuentos, fábulas y anécdotas que engatusaban a su ahijada Elvira.
Marta soñaba con ser escritora, una de las mejores. El sueño se truncó en la adolescencia. El doctor Villalba, su padre, no quería que su hija dedicara su vida a pasar “calamidades”. El futuro estaba claro en esa pequeña casa: Marta continuaría con la tradición familiar de la medicina.
Nunca se lo dijo, pero ella odiaba la sangre. Su gran preocupación cuando se matriculó en la carrera fue si podría ser capaz de soportarlo. No fue fácil. Demasiados desmayos y noches en vela fueron el comienzo de la superación personal.
Nadie dijo que fuera fácil. Nadie dijo que no íbamos a tropezar. Una, dos, tres, incluso más veces. Nadie dijo que en el camino no hubiera piedras. Nadie dijo que no tendríamos que saltarlas, sortearlas, incluso rodearlas. Nadie dijo que la vida fuera un camino de rosas. Nadie lo dijo. Por ello tienes que saber que Tú eres dueño de tu vida, de tus desgracias y tus venturas: de lo bueno y de lo malo. Tú y nadie más.
Ella se arrepentía de haber sido tan miedosa. La doctora Marta Villalba había sido una cobarde, y lo continuaba siendo. No tuvo valor para decidir qué quería hacer con su vida. Su padre, el gran respetado doctor del pueblo, fue el que quiso decidir por ella.
Nadie imagina todo lo que le pesaba esto. Ojala pudiera dar marcha atrás en el tiempo. Volvería veinte años atrás, donde la moda de los ochenta terminaba de reinar, y hablaría seriamente con su padre.
Es inevitable. El ser humano es así. Parece que no aprendemos, nos gusta equivocarnos, tropezarnos, magullarnos. Una y otra vez. Dos o tres, incluso mile
s de veces. A lo largo de nuestra vida, aprendemos de las veces que nos caemos. Somos lo que hemos vivido y las veces que nos hemos desvanecido. Forjamos nuestra vida gracias a esas caídas y heridas. A veces ponemos tiritas, otras veces la herida sangra sin control. Pero lo único que realmente sé es que, pasado el tiempo, toda herida cicatriza y la piel vuelve a regenerarse. Puede que el camino tenga baches y volvamos a caer. Pero lo que es cierto es que SIEMPRE hay que levantarse, agotar las lágrimas, ponerse un par de tiritas, continuar y mirar hacia delante.
- No papá, no quiero ser médica. No me gusta l
a sangre, es más, la odio con todas mis fuerzas. No me gustan los muertos, ni los enfermos… me gustan los vivos, la vida.
- Pero hija… ¡qué pensarán los vecinos cuando se enteren de que no vas a ser médica!
- No me importan los vecinos. Déjame elegir, papá. No quiero ser una desgraciada toda mi vida.
La realidad era otra. Marta vivía en otra pompa, donde su sueño efímero empezaba a desvanecerse. La espinita seguía clavada en su corazón. Pero todo ello no le impedía continuar escribiendo en su diario, leer incansablemente a su sobrina y soñar; porque los sueños, gracias a Dios, continúaban siendo gratis.
“El corazón tiene razones que la razón desconoce”,